El Coto Peón, las minas del Chive (Lubrín)

Durante varias jornadas, hemos explorado una serie de espectaculares minas y explotaciones a cielo abierto de mineral de hierro en la Sierra de la Atalaya, cerca del Chive, una pedanía de Lubrín (Almería). El estudio de la mismas concluye que todas ellas constituían una curiosa unidad de producción vinculada a la familia Peón, prolongada a lo largo de varias décadas. Analizaremos su trayectoria histórica y nos recrearemos narrando la extraordinaria experiencia de recorrer sus enormes bóvedas y pasillos, intactos después de décadas de inactividad.

Lubrín es un municipio situado al este de la Sierra de los Filabres, con una historia minera muy interesante, pero poco conocida y aún menos estudiada. A pesar de la riqueza y variedad de los criaderos, su situación alejada de la costa y de los ferrocarriles y cables aéreos que daban salida a los minerales de las principales explotaciones, le impidió jugar un papel relevante en el panorama extractivo de la provincia.

Paradójicamente, fue mientras la minería almeriense daba sus últimos coletazos cuando Lubrín asistió a su apogeo, a finales de los años 50, y hasta bien entrados los años 60 del siglo XX.

Mineralógicamente, lo más peculiar del término municipal es la gran abundancia de granates, incrustados en rocas micáceas. También encontramos amianto (asbesto), que fue objeto de extracción y procesamiento en la pedanía de El Marchal, episodio que merecería otro estudio monográfico. Sin embargo, lo más significativo ha sido la explotación del mineral de hierro, concentrada en el paraje de Las Moletas, lindando con los ricos criaderos de Bédar, y sobre todo, en la pequeña Sierra de la Atalaya, entre el pueblo de Lubrín y la pedanía de El Chive. A esta zona le vamos a dedicar nuestro pequeño estudio, reconstruyendo algunos momentos de su dilatada historia y destacando las enormes posibilidades de uso turístico o pedagógico de alguna de sus minas.

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Historia

El Coto Minero Peón está constituido por 13 concesiones mineras que, prácticamente, abarcan toda la superficie de la vertiente sur de la Sierra de la Atalaya. El elemento aglutinador de todas estas minas fue el empuje emprendedor de D. Segundo Peón Moreno entre finales del siglo XIX y principios del XX.

La actividad minera del señor Peón en La Atalaya aparece documentada por primera vez en 1898, cuando registra las concesiones Araceli y Victoria. Esta última, tras su demasía (ampliación) tenía unas dimensiones colosales para la época, 66 pertenencias mineras (cada pertenencia es un cuadrado de 100×100 metros). Un año antes también había sido titular de otra mina de hierro entre Alsodux y Alboloduy. Ese mismo año de 1898 le compra a su suegro, León Ramírez Egea, la mina Iluminada.

 

No obstante, es en 1900 cuando inicia una frenética actividad de adquisición de minas a lo largo de esta pequeña sierra (La Unión y mi Genoveva, La Recompensa, Las Rozas Bilbaínas, El Triunvirato, María Teresa, El León Bravo y Virgen del Pilar). Merece la pena detenerse en estas tres últimas, que a la postre, resultaron ser las más productivas. La forma de adquirirlas fue por partes. El 23/02/1900 compra a José García Sueca el 10% de ellas, y el 06/04/1900 hace lo propio con el 90% restante, del que eran titulares Clara Gorostegui Arrantia y los hermanos Agustín y Valentín Iza Rementería. Entendemos que esta última parte es la herencia que les correspondía del industrial vizcaíno Fernando Iza, del que consta la existencia de tratos mercantiles con Víctor Chávarri, uno de los mayores inversores foráneos en las minas de Bédar de la época.

Lo más curioso es que, tanto Virgen del Pilar como El León Bravo, habían sido registradas por primera vez en 1880, precisamente, por el suegro de Segundo Peón, que posteriormente debió haberlas vendido.

Ya en 1907 se completa el coto minero con la adquisición de San Antonio y San Miguel, manteniéndose las 13 minas como una explotación conjunta a lo largo de varias décadas.

Sin embargo, no aparece ninguna mina de Lubrín en las declaraciones de los mineros publicadas en el B.O.P. a efectos del pago del impuesto entre 1889 y 1910, fechas en la que era obligatoria tal circunstancia. Esto puede ser indicativo o bien de lo escaso de su producción o de la magnitud del fraude fiscal, o de una mezcla de ambas. No hay que perder de vista que se trataba de una comarca que se encontraba fuera de los grandes cotos, y que no disponía de ningún medio de transporte moderno para el mineral de hierro, bien fuera ferrocarril, cables aéreos o planos inclinados, a diferencia de lo que sucedía ya en la práctica totalidad de la provincia. De hecho, este período coincide con el ciclo expansivo por antonomasia de la minería del hierro almeriense, apoyado en la demanda sostenida y en los buenos precios.

La única referencia bibliográfica que hemos encontrado respecto a las minas de municipio es la mención genérica de Andrés Sánchez Picón en La Minería del Levante almeriense a la participación de la compañía francesa POMAN, fundada en 1893, y que trabajó minas de hierro en Lubrín. En el mismo trabajo se recoge una cita de El Minero de Almagrera de 1883, sobre la participación de la compañía alemana Stolberg & Westfalia en diversos negocios mineros diseminados en los términos de Turre, Lubrín, Enix y Lucainena.

Por nuestra parte, hemos localizado otras dos referencias en El Observador Mercantil, en 1906. El 25/01/1906 se hace eco, con la grandilocuencia habitual en la prensa de la época, de las grandes expectativas del coto minero de Los Coscojares. Meses más tarde, el 08/01/1906 se llega incluso a informar de la existencia de un proyecto para construir un ferrocarril, por parte de una empresa extranjera sin identificar, que “partiendo del coto de Los Coscojares pase por los grandes criaderos de hierro de Juan Blanquilla y La Atalaya, y venga a morir en las playas de Carboneras y Garrucha”.

Para volver a tener noticias de este coto minero, hemos de esperar hasta 1926. El Tomo II de la magna obra de Guardiola y Sierra, Criaderos de Hierro de España, dedica el capítulo XIX a los Yacimientos de los términos de Zurgena y Lubrín, si bien se detiene únicamente en los de Coscojares y la Atalaya.

Lo más significativo es el hecho de reconocer al coto como una unidad de explotación, aunque el número de concesiones que recoge es 12, no 13. Tampoco identifica si la gestión correspondía a los herederos del propietario, el citado Segundo Peón, que había fallecido en 1923, o había sido arrendado a un tercero.

A pesar del tiempo transcurrido, nos volvemos a encontrar con el hecho de que su situación, más alejada del mar que las formaciones montañosas de Bédar, con las que comparte naturaleza geológica, ha impedido su explotación en gran escala. El escaso mineral extraído era transportado a lomos de animales hasta el ferrocarril de Lorca a Baza, para su embarque en Águilas. Entendemos que el punto de carga en el ferrocarril sería la estación de Zurgena, la más próxima a las minas.

La descripción geológica del criadero de mineral es bastante prolija, estimando sus reservas a la vista en unas 600.000 toneladas de hematites parda, que con un plan completo de explotación podrían llegar al millón y medio de toneladas. En cuanto a la calidad del mineral, su contenido en hierro oscila entre el 45 y el 48%, con un 2% de manganeso, y muy pobre en silicio y fósforo, lo que lo convierten en muy apreciado en los mercados.

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Pese a la gran importancia del criadero, las labores a esa época se limitaban a algunas rozas y a una serie de galerías de no más de 12 metros de profundidad. La gran esperanza para la viabilidad de la explotación era la cercanía al trazado del proyectado ferrocarril estratégico de Torre del Mar a Zurgena, apenas a unos 4 kilómetros. Sin embargo, en esa década ya parecía haberse esfumado tal posibilidad, por lo que Guardiola y Sierra apuntan como más factible la idea de construir un cable aéreo de unos 8 kilómetros entre los terrenos de la concesión León Bravo y la estación del ferrocarril de Chávarri en Bédar.

Para volver a encontrar información sobre el devenir de la minería en la Sierra de la Atalaya, hemos de esperar a la década de los 50. Entre 1953 y 1958, la Estadística Minera y Metalúrgica de España (EMME) va a recoger algunas breves reseñas a la zona de nuestro interés. La más extensa es la primera de ellas, en 1953, anunciando que “se ha reanudado la explotación el el llamado Coto Peón, de Lubrín. El nuevo explotador es la empresa Alfomelo S.A., formada por entusiastas elementos, con medios económicos poderosos”. Por enésima vez, alude también a la importante cubicación del yacimiento, a la buena calidad de su mineral y, como no, al difícil y costoso transporte.

Se cifra la producción para ese ejercicio en 11.960 toneladas, parte de las cuales fueron transportadas por carretera para embarque por el puerto de Almería, y las otras transportadas a Zurgena para seguir por ferrocarril al puerto de Águilas. Asimismo, se vuelve a plantear la posibilidad, contemplada por la empresa, de un cable aéreo para llevar el mineral hasta la costa, esta vez por “el antiguo embarcadero de Villaricos”.

En 1955 la explotación recibe un gran impulso, llegando a producir 69.028 toneladas. En los años sucesivos se va mantener elevado el nivel de producción. En 1957 se señalan ya algunas dificultades, bajando la producción hasta las 52.000 toneladas. A partir de 1959, desaparece toda mención al Coto Peón en la EMME.

En los distintos expedientes administrativos de las concesiones mineras, obrantes en el Archivo Histórico Provincial de Almería, hemos localizado el contrato de arrendamiento de las minas del Coto Peón a favor de la empresa Minas de Hierro Alfomelo S.A. Lo curioso es que, como propietario y arrendador de las minas, figura el comerciante malagueño Carlos Rubio Robles, aunque más adelante tendremos ocasión de aludir al origen y desenlace de esta cuestión.

Centrándonos en la empresa Alfomelo, esta fue constituida en Madrid como Sociedad Limitada el 21/02/1953. En el citado contrato de arrendamiento se estipula una duración del mismo hasta el 31/12/1958, a un precio de 5 pesetas por tonelada de hierro extraída. El 25/08/1953 se eleva a público en Málaga dicho contrato, pero para entonces Minas de Hierro Alfomelo se había transformado en Sociedad Anónima, pasando su capital social de uno a tres millones de pesetas.

Detrás de esta sociedad está la curiosa figura de Alfonso Martín Escudero, un emprendedor que, a partir de unos orígenes muy humildes, acabó creando un potente grupo empresarial, que culminó con la fundación de un banco en Brasil. Nacido en 1901 en Brihuega (Guadalajara), comenzó su trayectoria a los 13 años como ayudante de un representante de tejidos, para llegar a establecerse él mismo en la venta al por mayor de tejidos en La Coruña. En 1953 funda la citada Minas de Hierro Alfomelo y una sociedad subsidiaria, Transporte de Minas, encargada de realizar los embarques y exportación de mineral. También consta que adquirió minas en Lorca y Águilas, además de convertirse en propietario de importantes solares en el Paseo de la Castellana de Madrid. Sin abandonar sus negocios españoles, da el salto a Cuba, donde desarrolló actividades de muy diversa índole. En medio de las convulsiones por la revolución castrista, abandona Cuba y se establece en 1955 en Brasil, donde acabará fundando el Banco Alfomares, posteriormente adquirido por el Estado de Paraná. Falleció en Brasil a la edad de 88 años.

alfonso-martin-escuderoAlfonso Martín Escudero (Fuente: meioseculo.blogspot.com.es)

De los pormenores técnicos de la explotación durante esta época no nos han quedado testimonios, si bien entendemos que la magnitud del volumen de mineral extraído justificó la construcción de las estructuras que aún hoy se conservan, y que se limitan a varias tolvas de piedra, el trazado de varias vías mineras y la casa de la empresa.

Entrando ya en los años 60, un nuevo contrato de arrendamiento nos va a arrojar algo de luz sobre el período intermedio que había entre la consolidación del Coto Peón, a principios del siglo XX, y la época de Alfomelo. En 1964 José Peón Santana, en calidad de representante de los herederos de Segundo Peón Moreno, solicita ante la Jefatura de Minas la cancelación de la inscripción de las concesiones mineras a nombre de Minas de Hierro Alfomelo S.A., al haberse extinguido el 30/04/1959 el arrendamiento. Al mismo tiempo, solicita que sean inscritas a nombre de la familia Peón, apoyándose en una sentencia judicial de la Audiencia Territorial de Granada de fecha 14/06/1958, confirmada por otra del Tribunal Supremo de 1962. En virtud de esta sentencia se declaran como nulos los contratos de compraventa de 20/12/1916, ya que la venta de las minas de Segundo Peón a Carlos Rubio Robles había sido simulada. En consecuencia, se ordenaba el reintegro al Sr. Rubio de 52.000 pesetas, más los correspondientes intereses. Admitido el cambio de dominio por la Administración, los herederos del Sr. Peón pretenden arrendar el coto minero a Ignacio Sellán Aizpuro. No obstante, por defectos de forma no se admite la solicitud, no habiendo encontrado en los expedientes ningún contrato que demuestre que, finalmente, el arrendamiento hubiese llegado a término.

Un último intento de arrendamiento, cuya autorización administrativa en principio también consta como anulada, tuvo lugar el 27/01/1970, a favor del santanderino Jorge España Sasia. En el contrato se estipulaba un canon de 14 pesetas por tonelada de mineral de hierro, con un mínimo de explotación de 12.500 toneladas. De forma un tanto rocambolesca hemos podido acreditar que, efectivamente, hubo actividad durante dicha época, como veremos más adelante.

Finalmente, en 1987, la Consejería de Fomento y Turismo de la Junta de Andalucía declara la caducidad las 13 concesiones de explotación que constituyeron el denominado Coto Peón de la Sierra de la Atalaya, cerca de la pedanía del Chive, cerrándose la historia de este coto minero familiar de tan inusualmente prolongada existencia.

Las minas

La primera zona que hemos visitado ha sido la menos interesante de todas. Hacia el centro de la sierra, y en la vertiente sur, existen una serie de labores a cielo abierto de pequeña magnitud. Se trata de los terrenos ocupados por la concesión Victoria. Llegamos desde la pedanía de El Pilar, por la estrecha carretera que va hasta el Chive. Apenas a un kilómetro desde el cruce, dejamos el coche, y remontamos un pequeño barranco que en su día estuvo poblado por chumberas, hasta la zona de las minas.

Vista general de las labores en la vertiente sur de la Sierra de la Atalaya, desde el punto donde dejamos el coche

Pasamos junto a una galería derrumbada y una gran escombrera, de la que nos llaman la atención las durísimas piedras de mármol que la componen. Más al este, y siguiendo lo que presumiblemente fuera una vía minera, llegamos hasta una pequeña tolva de piedra, que bajaba el mineral desde las labores del nivel superior.

 

En el extremo occidental de la sierra hemos observado la existencia de un par de tolvas de características muy similares, en terrenos de Triunvirato, muy cerca de la carretera de Lubrín a Uleila del Campo.

La siguiente zona que visitamos resultó ser bastante más interesante, dedicándole dos excursiones completas. Justo al borde de la carretera que une el Chive con Lubrín se encuentra la concesión León Bravo, y las mayores infraestructuras de todo el coto minero. Lo primero que vemos es una gran tolva de mampostería, que viene a volcar justo al nivel de la carretera. Sin duda alguna, se trataba de el punto desde donde se cargaban los camiones en la etapa de Hierros Alfomelo.

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Tolva de carga en los camiones

Por encima de ella se aprecian los restos de un enorme depósito de minerales. Alrededor de este punto, se suceden numerosas canteras o rozas a cielo abierto, algunas de ellas gigantescas.

La primera boca de mina que vemos está muy cerca de la tolva, junto a la carretera, rectilínea y de unos 30 metros de longitud, fácilmente accesible, pero poco interesante.

La mina más espectacular de la concesión está muy escondida entre matorrales, y la encontramos a levante del gran depósito, siguiendo el trazado de lo que sería una vía minera, encima de la casa de la compañía minera. Sólo por ella merece la pena la visita. Nada más entrar por la estrecha abertura nos encontramos dentro de una enorme cavidad, excavada a golpe de barrenos. Las luces de nuestras linternas ni siquiera llegaban a los techos, de tan considerable altura que presenta.

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Entrada de la mina León Bravo

Desde la gran bóveda, podemos profundizar a través de sendos pasillos, a derecha e izquierda. El de la izquierda da paso a otra bóveda, más pequeña que la de la entrada, pero en cuyas paredes encontramos unos bellísimos y abundantes ejemplares de pirolusita (óxido de manganeso), perfectamente distinguibles por su intenso brillo metálico. El pasillo de la derecha resulta especialmente reseñable, por cuanto el suelo que pisamos es el propio filón de hierro. El método de explotación era el de pilares o llaves, que consistía en en dejar columnas del mineral para sostener las bóvedas a medida que estas se iban perforando.

20151115_133736_2-webAntesala de la mina León Bravo

Al fondo de las labores efectuamos un curioso hallazgo, una caja vacía de explosivos y un rollo también vacío de cable detonador, así como una espuerta para llevar el mineral. La importancia de este descubrimiento es que nos ha servido para demostrar que, efectivamente, la actividad minera se prolongó, al menos, durante los años 70, a pesar de que en el expediente administrativo no se haya encontrado ningún documento que lo acreditase. Y si podemos demostrarlo es, precisamente, porque tanto la caja de explosivos como el rollo de cable corresponden a Unión de Explosivos Río Tinto S.A., de Madrid, compañía que fue fundada en 1970 a partir de la fusión de Unión de Explosivos de España y la Compañía Española de Minas de Río Tinto.

Nuestra última excursión la hemos dedicado a la concesión María Teresa, también atravesada por la carretera del Chive a Lubrín, en la parte más oriental del coto minero. Siguiendo dicha carretera, apenas un kilómetro y medio después de la casa de la mina, observamos numerosas labores mineras a nuestra izquierda. La más visible es una especie de cueva de grandes dimensiones. No obstante, esta se trata de la que menos desarrollo tiene. Existe otra galería, en frente de la tolva (la cual conserva aún una vertedera metálica), escondida entre la vegetación, que al entrar da paso a otra nueva cavidad de enormes dimensiones. Muy parecida a la de León Bravo, esta resulta significativamente más peligrosa, pues desciende abruptamente en forma de socavones, uno de los cuales pasa justo al lado de un pozo de gran profundidad. Tampoco el suelo ayuda, pues a diferencia de lo que veíamos antes, se compone de piedras sueltas y tierra muy resbaladiza, y en su interior no hemos encontrado minerales de valor.

Por último, a la derecha de la carretera, y no visibles desde esta, hemos localizado otras galerías de gran interés. Hay que bajar el barranco hasta una zona de acopio de minerales. A la izquierda nace el trazado de lo que debió ser una vía minera, que va rodeando el cerro hasta una gran explanada. En los dos extremos de la misma se sitúan dos minas de agradable visita, si bien con características diferentes. La de la izquierda es del tipo bóveda, naciendo en su misma entrada una cámara principal de grandes dimensiones. Al fondo, otra cámara más pequeña alberga en sus paredes unas goethitas muy interesantes.

La de la derecha es un pequeño laberinto de galerías, de suficiente altura para movernos con facilidad, y de trazado sinuoso, que denota cómo los mineros iban siguiendo la dirección anárquica de los filones. Para enfilar la parte más profunda hay un escalón con el que conviene ser muy precavido, pues a la vuelta puede resultar difícil de subir, al no existir ningún punto de apoyo. Como curiosidad, la mina se encuentra llena de opiliones, un tipo de araña inofensiva y muy común en las minas de Almería, de cabeza muy pequeña y patas muy largas, que en ocasiones forman enjambres con decenas de ejemplares. Se trata de una mina muy entretenida de recorrer y, como la mayoría de las minas almerienses, aparentemente segura por la consistencia de las rocas.

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Las dos minas en la explanada al final de la vía minera de la concesión María Teresa. A la de abajo corresponde el vídeo que acompaña a esta publicación

Minerales

En la base de datos del Instituto Geológico y Minero de España existen recogidos tres indicios metalogénicos en la zona de la Sierra de la Atalaya.

El número 1014005 se corresponde con las minas Victoria, San Miguel y Triunvirato, coordenadas X: 581.100 e Y: 4.116.900. Definido como de naturaleza estratiforme/estratoligado¸ N040-060/50-70NE, en las labores principales; hacia el SE cambia el sentido de buzamiento. La mineralización sigue el muro de la formación marmórea, con aloramientos aislados.

El número 1014006 se corresponde con la mina León Bravo, coordenadas X: 582.200 e Y: 4.116.500. Definido como de naturaleza estratiforme, con cuerpos mineralizados estratiformes, hacia la base de la formación carbonatada; también filones N005 por sustitución de los carbonatos a favor de fracturas y planos de discontinuidad.

Para ambos indicios, como minerales principales contempla hematites, limonita y siderita y, como secundarios, óxidos de manganeso y hematites especular.

Por último, el número 1014004 lo denomina “Labores de la Atalaya”, cerca ya de la pedanía de El Pilar, coordenadas X: 580.500 e Y: 4.117.400. También es de naturaleza estratiforme, N120/35N, con niveles lenticulares centimétricos de óxidos de hierro, en un paquete de mármoles de al menos 2 metros de potencia. Minerales principales: hematites y limonita, y como secundario posible pirita.

A continuación podemos disfrutar de unas fotografías de los minerales recogidos.

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Pirolusita. Foto cortesía de José A. Soldevilla.


Pirolusita. Foto cortesía de José A. Soldevilla.


Análisis de las pirolusitas (cortesía de Adolf Cortel)

Siderita y calcita (foto del autor)

Perspectivas de aprovechamiento

Consideramos muy interesante explorar las posibilidades de aprovechamiento turístico y didáctico de esta comarca minera, tal y como ya se está llevando a cabo en numerosos puntos de España y el extranjero. En un espacio relativamente pequeño encontramos minas espectaculares, instalaciones de patrimonio industrial y rutas y parajes de gran valor paisajístico. La inversión en acondicionamiento de las galerías no debería ser muy elevada, y nos atrevemos a sugerir la gran mina de León Bravo como la más idónea para ser convertida en visitable, y embrión de un futuro desarrollo de turismo minero de la comarca.

En cualquier caso, sirva este trabajo para dar a conocer una muestra más del ingente patrimonio minero almeriense, y rescatar del olvido la historia de unas minas por las que pasaron varias generaciones de sufridos trabajadores.

Por último, añadimos un vídeo grabado en la última de nuestras visitas.

© Mario López Martínez
Amigos del Patrimonio Geominero de Almería – 2016

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