50 años después, vuelve a sonar la campana en el Pozo del Carmen

Habiendo nacido en 1943 en el Cortijo La Granaína, junto al Pozo del Carmen, la vida de Juan López no podía girar sino en torno a las minas. Cerca de veinte años trabajando en galerías, pozos y lavaderos de Fondón, Berja y Laujar lo convierten en un libro abierto sobre la historia de la minería almeriense del siglo XX.
 
Damos con él de forma casual, tras introducirnos subrepticiamente en su finca para fotografiar el majestuoso castillete metálico de la Mina La Granaína, en las cercanías de Fondón. En lugar de reprendernos, Juan nos acoge amablemente, y nos deleita con una visita guiada por todos los rincones de esta singular mina de plomo. Una hora con un minero de los de verdad nos aporta más información que mil expedientes administrativos de minas.
 

Al pie del castillete, nos explica que el pozo maestro tiene una profundidad de unos 120 metros, con dos galerías perpendiculares en sendos pisos. El segundo piso está totalmente inundado, según un estudio de de la Agencia del Agua, hasta aproximadamente los 100 metros. Las labores buscaban siempre la dirección sureste, y las cavidades que se horadaban en busca de la galena eran gigantescas, al punto de que las luces de los carburos no llegaban a los techos.

 
Varias empresas se sucedieron entre los años 50 y 60, siendo la última la cántabra Leopoldo Bárcenas S.A., hasta su cierre definitivo hacia 1966. El mineral extraído, galena, se enviaba, en un primer momento, hasta el lavadero de la Solana de Almócita. Al cerrar este, pasó a utilizarse el de Martos, en Laujar de Andarax, para acabar finalmente llevándolo al gigantesco lavadero del Segundo, en Berja.
 
La forma de prolongar un frente de extracción era la usual de abrir agujeros con una barrena, e introducir los explosivos (“la pega”). Se solía hacer a eso de las 14:30, cerca del fin de la jornada laboral, dejando un día de margen para volver a entrar en la mina, por cuestión de seguridad.
 
Era el turno de los picadores, para desmenuzar los grandes bloques de piedra. Se usaban martillos que funcionaban con aire comprimido, cargando el material extraído en vagonetas, que subían al exterior por una de las dos jaulas, que funcionaban por oposición (una subía, mientras la otra bajaba a la par). Los estériles se arrojaban por una vía en dirección norte, y el mineral se cargaba en camiones.
 
Hoy en día sigue sumergida, al fondo del pozo, la bomba de achique de agua. Una tubería la canalizaba para permitir el riego de bancales cercanos. Al parecer, la calidad de la misma era excepcional, a pesar de circular a través de depósitos de un metal pesado.
 
Cuando fallaba el motor, los mineros tenían que salir por una boca alternativa que había hacia el sur, hoy derrumbada. Juan no recuerda accidentes graves, con excepción de la fractura de la pierna de un minero al que le cayó encima una piedra de grandes dimensiones.
 
El castillete es formidable, el único que se conserva íntegro en toda la provincia de Almería. Escuchando las explicaciones de Juan, no cuesta trabajo escuchar con la imaginación el ruido de los engranajes y las poleas funcionando como si nunca se hubiesen detenido. La casa de motores guarda toda la maquinaria, milagrosamente salvada del chatarrero. Juan nos explica cómo funcionaba el freno, y nos enseña los dos generadores de aire comprimido, el segundo de los cuales nunca llegó a funcionar. Peor suerte ha corrido la caseta de control, hoy totalmente desprovista del panel de instrumentos.
 
La memoria de Juan se ensancha cuando le nombramos minas míticas de la Sierra de Gádor, y nos confirma que él trabajó dentro de la Mina La Tolva de Laujar o del Pozo Lupión de Berja. Sus ojos brillan de emoción cuando le mostramos fotos de nuestra visita a La Tolva, hoy en un estado deplorable y más que peligroso.
 
Antes de marcharnos, nos indica la situación de minas cercanas, como el Pozo Patrocinio o la llamada Mina del Instituto. Pero lo mejor estaba por llegar. Tras explicarnos el código de comunicación entre el interior y el exterior de la mina, por medio de una especie de campana metálica, Juan efectúa una demostración práctica del mismo, que no dudamos en inmortalizar. Con la carne de gallina, nos despedimos con un abrazo y resistiéndonos a pensar que nos habíamos encontrado con Juan solo por casualidad.

 

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